El millor dels mons
El mejor de los mundos
  Die beste aller Welten
  Le meilleur des mondes
 

"Monzó es un cuentista magistral, de esos que lo hacen a uno recordar lo escaso y lo maravilloso que es un buen cuento (como eran buenos los cuentos de Cortázar, o como son buenos los cuentos neuróticos de Julie Hecht). Y hay que leerlo, claro, por eso y porque es un escritor excepcional en el hecho de que nos recuerda a cada frase que lo peor de nosotros no son los demás sino nosotros mismos."

Margarita Valencia, Cambio 59, Bogotá

Mundo cruel

Es necesario poseer un enorme talento para obtener el resultado que Quim Monzó (Barcelona, 1952) alcanza con su literatura: arrastrar al lector de la primera a la última página de sus libros, haciéndole creer que está leyendo sin ningún esfuerzo una historia escrita en su mismo lenguaje, pero sin halagarle, sin caer, jamás, en la tentación de hacerle sentirse ufano por entrar en el texto que le propone. Indudablemente, hay que tener un dominio absoluto del género para lograrlo, y Monzó demuestra tenerlo. Como los grandes maestros del relato, Monzó atina en hacer entrar al lector en un mundo conocido, familiar, para hacerle descubrir algo que, antes, no sabía; algo, por lo general, desconcertante, ya sea atroz (como los cuentos titulados "Mi hermano", cuyo protagonista carga a diario con el trabajo de vestir y mover el cadáver de su hermano para que los padres no adviertan su muerte ni acusen tan penosa pérdida, y "La vida perdurable", donde se narra los avatares de familia cuyos miembros van sucumbiendo al cáncer) o brutal ("El accidente", en el que un hombre es bestialmente linchado, masacrado, tras un accidente de coche, por viandantes aparentemente civilizados que, de pronto, descargan en él toda la agresividad de su condición animal) o insospechado (el devastador efecto capaz de provocar determinados usos del lenguaje, en "Mamá") o cruel ("El niño que tenía que morir", visión desmitificadora de la dulce infancia). A partir de una descripción exacta, minuciosa, de elementos y hechos de la vida cotidiana, Monzó va penetrando en una realidad que, aparentemente anodina, se revela fuente de los mayores sinsentidos o, en algunos casos, de sinsabores irremediablemente ligados a la naturaleza humana, deslizándose, con una facilidad pasmosa, hasta profundidades vertiginosas. Con un dominio magistral de los contrastes entre las zonas oscuras, casi negras de la existencia y el conmovedor apego a la vida, sus criaturas, la mayoría de las veces presentadas como de lo más común, se van revelando protagonistas abocados a destinos terribles, vividos en absoluta soledad. Con una fuerte carga de humor excelentemente dosificado, que en ocasiones mueve a la risa y otras a la amarga sonrisa, Monzó convierte la realidad cotidiana de sus personajes en un ámbito más peligroso, incierto, inseguro, amenazante y desconocido que la delirante irrealidad.
Los siete cuentos de la primera parte de El mejor de los mundos y los seis de la tercera y última están separados por una nouvelle que es una verdadera pieza maestra: "Ante el rey de Suecia". Su protagonista, un poeta catalán que vive pendiente de recibir el premio Nobel, es una creación absolutamente magistral. Amargós, el poeta protagonista de esta historia, pertenece a la naturaleza literaria del profesor Klein, el genial protagonista de Auto de fe, de Elias Canetti, aunque "Ante el rey de Suecia" no guarda ninguna relación argumental con dicha novela. Los avatares que alteran la neuróticamente metódica vida diaria de Amargós (obsesivo, rígido e inflexible, orgulloso de su estricto proceder y de su altiva soledad) al cambiar de piso para ir a vivir a un edificio habitado por una suerte de secta de seres dotados de escasa estatura, que le impiden instalar un fregadero situado a una altura superior a la medida estándar, resultan brillantemente hilarantes. Con este volumen de relatos, Quim Monzó satisface a quienes le tenían ya por uno de los mejores cultivadores del género no sólo en el ámbito peninsular, sino en el de las distintas literaturas hispánicas.
Ana María Moix, EL PAÍS, Madrid

:

L'humanité phalloïde

Né à Barcelone en 1952, Quim Monzó obtint dès la publication de son premier livre, Melocotón de manzana, un succès immédiat. Graphiste, dialoguiste, scénariste, il travailla pour la radio et la télévision. Le jeune homme scandaleux, auteur de romans et d'essais sulfureux, qui fut longtemps considéré comme l'un des chefs de file de la littérature catalane postfranquiste, s'est à présent assagi. Son oeuvre, volontairement écrite en catalan, est considérée dans l'Espagne d'aujourd'hui comme une des plus importantes et des plus abouties.

Le Meilleur des mondes est un recueil de nouvelles, genre particulièrement prisé par notre auteur mais aussi par nombre d'écrivains hispaniques, qu'ils écrivent en castillan ou en catalan. L'univers de Quim Monzó, issu de la riche tradition surréaliste espagnole mais aussi hérité d'une lecture assidue de Kafka, nous plonge dans un monde délibérément paranoïaque et pervers. Fulgurances lyriques, éclairs macabres, imagination cruelle, tels sont les points forts d'une narration toujours construite avec une intelligence et une sobriété qui la rendent d'autant plus féroce qu'elle est élaborée par une raison jamais prise en défaut.

Brave New World, le roman d'Aldous Huxley, était une utopie futuriste et pessimiste. Le monde de l'an 2500 y était gouverné par une oligarchie contraignant ses sujets à la surproduction, à la surpopulation, à la surconsommation. La science-fiction, telle qu'on la concevait dans les années 30, y occupait une place prépondérante. L'auteur ne préconisait pas d'autres antidotes au «monde meilleur» que la «conquête de la liberté dans une non-violence stoïque». El millor dels mons est aux antipodes de ce projet daté : celle d'une science qui tendrait à produire une race d'individus libres.

Comme dans ses précédents recueils de nouvelles — L'Ile de Maians, Le Pourquoi des choses, Guadalajara —, Quim Monzó décrit par le menu l'infernale machine humaine. Instantanés crus de notre société en pleine déliquescence, observation cruelle des couples qui se cherchent et se perdent, pornographie bon marché, gesticulations grotesques du désir, petites lâchetés quotidiennes, tels sont les grands axes qui traversent cette oeuvre singulière et sans concession. A la différence de certaines pessimistes professionnels hexagonaux, l'auteur du célèbre Olivetti, Moulinex, Chaffoteaux et Maury pratique la compassion. Au sens le plus chrétien du mot, la compassion est ce sentiment puissant qui nous porte à plaindre et à partager les maux d'autrui.

Certes, l'univers de Quim Monzó est celui d'un humour des plus sombres. Certes, les tranches d'existence qu'il nous livre au fil de ces «treize contes et une nouvelle» ne sont pas sans rappeler les figures envahissantes et spectrales qui planent dans certains textes de Jorge Luis Borges ou de Josep Pla. Mais c'est un fait, Quim Monzó aime ses semblables et nous rend sympathiques ces ratés de la vie, ces êtres à la dérive, ces personnages habités par leurs seules obsessions. C'est étrange, on éprouve comme un plaisir vénéneux à suivre les méandres de cette langue élégante et sobre, ce style efficace, ce bréviaire envoûtant qui plus qu'une réforme des structures ou des institutions préconise une réforme des âmes qui ont des illusions comme les oiseaux des ailes.

Gérard de Cortanze, LE FIGARO, Paris

:

El Monzó más duro

Uno de los cuentos de El millor dels mons, el último libro de Quim Monzó, lleva por título "Vacances d'estiu" y es la historia de un niño que nace muerto. Es viernes, casi mediodía. El médico le pide al padre que lleve el feto al laboratorio para que puedan realizar la autopsia de inmediato. Le alarga una bolsa de El Corte Inglés. Pero en el hospital Clínic no aceptan el ingreso, y el protagonista pasa el fin de semana con el niño en casa, en la nevera.
El lunes, de camino hacia al laboratorio, se desvía hacia la calle en la que pasó su infancia y sin darse cuenta le empieza a contar al hijo cómo era su casa, le enseña el club de natación donde empezó a nadar y el bar donde aprendió a jugar al millón. Es un cuento brutal, que admite múltiples lecturas. El niño que va en la bolsa, ¿es su hijo o la infancia perdida, el recuerdo de la ciudad que ya no existe?
El millor dels mons supone el retorno a Barcelona y una reivindicación de la memoria de la ciudad, de los paisajes del pasado, que asoman por primera vez en la obra de Monzó. "Para mí, el recorrido de ‘Vacances d'estiu’ es clarísimo: es Sants, la calle donde yo vivía. El señor del colmado había guardado unos cromos de la época de la República y nos los daba a los chicos. El bar donde íbamos a ver la tele, que después fue una imprenta..." También los objetos concentran una fuerte carga emotiva: la caja donde el padre esconde los ejemplares de Paris-Hollywood, el juego de basket deseado, el diccionario Rancés donde el protagonista de "La mamà" busca el significado de las palabras obscenas, la barra de latón niquelada del metro de la línea 1, que se desconchaba...
Este retorno a los escenarios de la infancia se anunciaba ya en algunos cuentos de Guadalajara (1996). En "La força centrípeta", el protagonista, que no puede salir de casa, rompe finalmente el cerco, surca el laberinto y aparece frente al antiguo bar Els Pescadors (que no se menciona en el texto). "Era un lugar donde mi padre me llevaba siempre. Íbamos a Poblenou y me enseñaba el árbol torcido de la plaza Prim, donde jugaba cuando era niño. Y a mí me impresionaba mucho que un hombre mayor hubiera sido niño y hubiera estado jugando sobre aquel árbol que todavía estaba allí." En el cuento, el viaje representa un retorno a un lugar íntimo. Pero el personaje llega a la plaza siguiendo un coche fúnebre. Es decir: el pasado ya no es recuperable. Algo parecido sucede en El millor dels mons, donde la metáfora del muerto vivo aparece repetidamente (a propósito de la muerte súbita del hermano, de la reiteración de casos de cáncer, del niño sentenciado por una enfermedad incurable).
Con Uf, va dir ell (1978) y Olivetti, Moulinex, Chafouteaux et Maury (1980), Quim Monzó (Barcelona, 1952) encarnó el arquetipo del narrador urbano. Sus cuentos transcurrían en el bar London y en el Baviera, en el Tibidabo y en la calle Balmes, que uno de sus personajes recorría contra dirección de madrugada.
A mediados de los ochenta se produjo un distanciamiento. A raíz de un célebre artículo de Félix de Azúa, muchos consideraban que Barcelona era el "Titanic". Cuando empezó a escribir L'illa de Maians (1987), Monzó pensaba titularlo, a modo de reivindicación, Barcelona. "Empecé a detectar que se estaba produciendo un cambio y pensé que el libro quedaría atrapado en esa onda. Entonces encontré por azar un nombre que correspondía a una parte de Barcelona inexistente (una isla frente al barrio de la Ribera que desapareció al ganar terreno al mar para construir la Barceloneta). De manera que el libro trata de Barcelona sin hablar de ella, con nombres de lugares inexistentes, calles desaparecidas, de una tienda..." Ahora las referencias vuelven a ser concretas: la Diagonal, la calle Entença, el teatrillo del Turó Park, el taxidermista de la plaza Reial, la Rambla con sus estatuas humanas. A pesar de ello, algunos de los cuentos de El millor dels mons responden a una elaborada construcción. Como narrador, Quim Monzó hace y deshace a su antojo. "A veces hay trampa. Imaginas el bar donde transcurre determinada acción. Pero entonces, cuando salen de aquel bar, la calle no es la calle del bar sino otra. Hay un efecto de montaje, como en las películas y en los sueños."
Sus detractores le encuentran frío y le censuran su distanciamiento. Sin embargo, en todo lo que ha escrito hay un fuerte componente autobiográfico. Muchos de los personajes son trasposiciones del propio autor en diversos momentos de su vida: el obsesivo, el trascendental, el angustiado, el pesimista.
El creador del Gran Magic Circus, Jérôme Savary, captó perfectamente esta faceta de su personalidad. Monzó había escrito el texto del montaje teatral "El tango de don Joan". Savary quería que encarnara al personaje del seductor sobre el escenario. "Savary buscaba un tipo muy bestia, y los actores que encontraba por aquí no le funcionaban. Le gustaban mucho mis tics y daba unas grandes teóricas sobre el tema, para demostrar que los tics eran una argucia para demostrar que tenía una rica vida interior y seducir a las chicas. ‘Monzó tiene una vida interior tan rica que no puede evitar las convulsiones en la cara’ —decía—. Savary se había pasado la vida actuando. Me veía moviéndome todo el rato y pensaba que por fuerza tenía que estar fingiendo."
El papel fue para otro, pero Monzó triunfaría posteriormente en sus apariciones en la televisión.
Obsesión por el Nobel
Pasamos al despacho y me deja husmear entre los papeles que utilizó para documentar la novela corta "Davant del rei de Suècia", que ocupa más de cien de páginas de El millor dels mons. La carpeta lleva escrito en las guardas el antiguo título: "Els imbècils". Hace unos meses corrió la broma de que el protagonista se parecía a Pere Gimferrer. "Por eso pensé en ambientar ‘Davant del rei de Suècia’ en Malta: es un maltés que quiere ganar el Nobel. Una sociedad como la catalana, un poco más próspera y culturalmente más elevada." Al final, la historia transcurre en una Barcelona algo irreal. El poeta empieza viviendo en Bertrand i Serra y acaba por la plaza de Santa Madrona. Es calvo y lleva un bigote retorcido a lo Makaroff.
Entre los papeles de la carpeta veo el dibujo de una casa, sacado de un anuncio de pisos. "Me lo fotocopié para tenerlo delante y en cada ventana iba colocando a los personajes. La casa no es exactamente la del libro: aquella tiene ‘mansardas’, aquí hay balcones hondos... Pero me servía para tener una imagen." No es la primera vez que Monzó utiliza un recurso de este tipo. "He trabajado muchas veces con fotos. La protagonista de Benzina era una modelo que luego fue ‘La mujer de rojo’ en la película. Yo la tenía en un anuncio de ropa interior que había sacado de una revista. Cuando describía la boca... me fijaba en la foto. Y los personajes masculinos también eran de anuncios..."
De la carpeta salen un prospecto de ergonomía (la altura de los fregaderos tiene gran importancia para el desarrollo de la trama), algunas noticias de La Repubblica y The Guardian sobre las hormonas y el crecimiento. Casi todos los artículos llevan fecha de 1995. Veo un titular escandaloso: "Parad el aumento de estatura" (si la población mundial no para de crecer pronto faltarán alimentos y recursos, se alarma el cronista). Hay una doble página de Noticias del Mundo (aquel semanario de noticias increíbles y fotografías retocadas con Fotoshop), con un tipo que desde 1983 parece haber perdido varios palmos, y una foto de Torrebruno (en el relato, a Amargós le recortan trenta y cuatro centímetros, al parecer mediante una operación quirúrgica). Hay montones de prospectos y artículos relativos al premio Nobel, entre ellos el discurso de Octavio Paz y el mapa de Estocolmo, que aparecen citados en el relato.
Entre los materiales de la carpeta veo también un listado de frases acarameladas de autores contemporáneos que Monzó pensaba incorporar al texto. El protagonista cultiva una literatura adornada: estos ripios eran la materia prima de sus intervenciones en verso y prosa. A diferencia de lo que pasaba en La magnitud de la tragèdia, donde se podían reconocer los diversos materiales en un conglomerado, en "Davant del rei de Suècia" se encuentran perfectamente integrados.
Sin urgencias comerciales
Monzó entiende la literatura al margen de las urgencias comerciales. "Yo no tengo ninguna obligación de escribir un libro. Podría no escribir ningún libro más o no haber escrito los dos o tres últimos." Por eso da tanta importancia a las vivencias personales. "Lo que haces es escribir cuando realmente te sale de dentro, cuando hay tanta sangre que cortas y sale a chorro. Escribes porque no puedes evitarlo."
Le comento que El millor dels mons contiene historias e imágenes muy fuertes: el padre que tiene el feto del hijo en la nevera todo el fin de semana, la descripción de la horda sanguinaria sacándole los ojos a un tipo. "La vida perdurable" bromea con la actual epidemia de cáncer. "Desde Uf, va dir ell ha habido una evolución de carácter brutal. En aquella época era joven, feliz, no tenía responsabilidades. Me pasa también con los artículos. Los primeros artículos eran muy militantes. Después llega el desengaño, el descubrimiento de que todo es una farsa, que todo es una mentira. Es una evolución necesaria."
Julià Guillamon, LA VANGUARDIA, Barcelona

:

Foto: Pedro Madueño

¿No es la vida maravillosa?

En verano de 1999 cayó en mis manos una versión de "Davant del rei de Suècia", la novela corta que figura como eje de El millor dels mons. Es la historia de Amargós, un poeta casposo obsesionado con la idea de ganar el Nobel, que de la noche a la mañana cambia de casa y los vecinos lo acortan treinta y cuatro centímetros. La paradoja es que gracias a esta mutilación consigue integrarse en el grupo y ganarse la protección de una familia. Cualquier otro autor hubiera dado por bueno aquel texto. No así Monzó, que desde entonces no ha parado de retocarlo y mejorarlo. La anécdota se ha minimizado para evitar que alguien pudiera identificar al protagonista con un conocido escritor (lo que restaría universalidad a la fábula). Todos los materiales se han ido fundiendo lentamente y la historia, de la que han caído al menos treinta páginas, se lee con creciente intensidad.
En torno a la novela han ido surgiendo cuentos que se distribuyen en orden cerrado. Los siete primeros tratan de las relaciones con el padre y la madre, el cónyuge, los hermanos y los hijos. Los seis del final tienen como protagonistas a individuos solitarios, en conflicto con sí mismos o con los demás. "Davant del rei de Suècia" es la bisagra. Solo y neurasténico al principio, el escritor acaba integrado, y porque ha encontrado una familia se imagina que ha ganado el premio Nobel. Unas sutilísimas referencias al Cándido de Voltaire sitúan el libro bajo una luz que lo engrandece. Asistimos a palizas enormes, en los dos aparece un disecado, a uno le arrancan un ojo y a otro le cortan una nalga. Sería relativamente fácil establecer comparaciones entre ambas obras. Pero Monzó ha llegado a las mismas conclusiones que Voltaire mediante la intuición creadora, sin interferencias librescas, y por eso su actualización del cuento filosófico resulta tan eficaz.
El niño que protagoniza "La mamà" cree que el amigo que le insultó quería decirle realmente que su mamá es puta. El huésped inoportuno de "Tot rentant plats" se toma la invitación protocolaria al pie de la letra. El aduanero apura la decisión porque nunca volverá a la pureza del primer día ("Després del curset"). Vemos todos estos personajes desde el mismo prisma con que Voltaire describe a su Cándido: un "juicio bastante recto con alma muy simple".
Hace unos años, los personajes de Monzó se interrogaban sobre el sentido de las palabras. El pintor Heribert Julià de Benzina (1983) no conseguía comprender por qué en una librería Kafka y Thomas Hardy aparecían en la sección de literatura y Steinbeck en la de narrativa. Esa incapacidad para ordenar el mundo provocaba la desazón y condenaba al creador a la esterilidad. Las cosas son ahora muy distintas. Los personajes de Monzó no aceptan que están indefensos ante la realidad del mundo, porque el propio Monzó ya no está desconcertado: ahora sabe con seguridad que todo es mentira. Y por contraste, los personajes piensan que sus palabras sólo dicen la verdad.
La familia de "El meu germà" no acepta la muerte del hijo (y de lo que representa: la esperanza, la juventud, el futuro). El empleado de la agencia de viajes no puede admitir que nunca podrá escapar al tedio. Monzó lo empuja hacia el despacho del director y se imagina que éste le agasaja y le invita a marcharse a casa, para después presenciar en la televisión unos programas excelentes, salir a bailar y terminar el día con una ristra de polvos memorables ("Dos rams de roses").
Un juicio simple, tranquilizador aunque irreal, ha desplazado la inquietud que era el signo de los tiempos modernos. En La magnitud de la tragèdia (1989), Ramon-Maria y su hijastra vivían en un laberinto construido a partir de frases y lugares comunes de las revistas del corazón y de los culebrones. No podían creer en nada sobre lo que los medios audiovisuales no hubiesen creado una expectativa. Ahora ni siquiera existe la necesidad del engaño, el espejismo que aliena y somete a los personajes está en su cabeza. Y sólo así, imaginándose que el lenguaje funciona y que el mundo marcha, pueden sobreponerse al descalabro definitivo.
El niño, el gorrón y el aduanero podrían ir repitiendo a lo largo del libro el estribillo de Cándido: "Todo es óptimo en el mejor de los mundos posibles", mientras el ojo de Monzó se mueve por todas partes denunciando el miedo, la hipocresía y la bestialidad.
El millor dels mons representa un cambio de perspectiva al menos en dos direcciones: el tiempo y la voz del narrador. Monzó abandona el presente intensivo de sus libros anteriores y se proyecta al pasado en busca del recuerdo íntimo, de la vivencia personal que aparece transfigurada, pero no lo suficiente para que no podamos reconocerla tal como fue.
El gesto del niño jugando al fútbol o del padre leyendo el periódico deportivo salen de dentro. Monzó los sitúa en un contexto que no es el de la literatura realista ni el del memorialismo, los trata con la libertad de la novela moderna y se permite prescindir de la verosimilitud (aunque no de las normas internas de la construcción del relato). El pretexto puede ser biográfico, pero el fondo es especulativo o filosófico. Cuando el padre se pasea con el feto del hijo en un frasco en "Vacances d'estiu", de lo que se trata es de la brutalidad de las normas sociales, pero también del peso del pasado, de la ciudad perdida. Cuando el hermano superviviente sube al autobús con su doble disecado, está hablando de la indiferencia pero también de la necesidad de someterse y vivir por persona interpuesta.
Las parodias de cuentos clásicos se reemplazan por fábulas de creación propia, muy potentes, que pugnan por alcanzar la categoría de símbolos perdurables. Al tipo en continua erección lo ha suplantado el hombre menguante ("Davant del rei de Suècia"). En "Dos rams de roses" Monzó introduce una segunda dimensión al relato. Mientras el tipo de la agencia de viajes está en la cama con dos hermanas fumándose un porro, inventan un cuento en el que los protagonistas van lastrados con piedras, el lastre que todos los personajes del cuento se han quitado. Monzó echa mano del recuerdo o de la observación personal, monta un decorado y se recrea en el artificio, para desentenderse de todo y volver de nuevo al detalle evocador. Nada de esto sería posible sin un excepcional dominio del lenguaje. Es tanta la seguridad y el control que ejerce sobre los mecanismos de la narración que incluso anticipa el desenlace. Y entonces, en lugar de ir a menos, la expectativa se dispara.
Nos pusimos a leer a Monzó cuando su literatura rezumaba vitalismo. Ahora el símbolo es un niño muerto. Me cuesta decir si es mejor o peor que antes, pero sigue siendo muy grande.
Julià Guillamon, LA VANGUARDIA, Barcelona

:

Quand les poètes rapetissent

La banalité des personnages de Quim Monzó, dans ces nouvelles, n'a d'égal que la trivialité des décors dans lesquels ils évoluent! Un déjeuner de Noël dans une famille moyenne, une femme enceinte, un homme en deuil de sa mère... Mais, partant de situations quotidiennes croquées avec un sens du détail quasi maniaque, l'écrivain catalan entraîne le lecteur dans des univers étonnants, parfois violents, toujours cruels. Ainsi, lors du repas de Noël, l'un des fils pique du nez dans son assiette, raide mort. Ses parents font mine de ne pas s'en apercevoir; et pour leur épargner toute souffrance, son frère le déshabille, le met au lit, l'emmène à l'école le lendemain, bref continue à faire comme si le jeune garçon vivait encore. Quant à la femme enceinte, elle accouche un vendredi soir d'un enfant mort-né. Le médecin charge le père d'emmener le foetus au laboratoire d'analyses, situé à l'autre bout de Barcelone. Et l'homme de parcourir les rues de la ville avec le foetus dans un sac de plastique...

Chez Monzó, l'individu porte en lui sa propre part d'enfer qui, jointe à celles de ses congénères, finit par engendrer une comédie humaine monstrueuse et grotesque. Dans la première partie du recueil, l'auteur met en scène des couples, des familles, des fratries, avec la curiosité distante d'un médecin légiste. Les personnages de la seconde partie sont définitivement seuls face aux autres et à eux-mêmes.

Entre les deux, un récit magistral. Amargós («amer», en espagnol) est un poète catalan vieillissant et vierge. Comme chaque année depuis sept ans, il est en lice pour le prix Nobel de littérature. Et le prix lui passe sous le nez. En outre, il doit déménager. Le voici locataire dans un immeuble dont aucun habitant ne dépasse le mètre soixante. Son mètre quatre-vingts pose un problème à la copropriété qui le fait rapetisser. Pour une fois, Amargós est aux normes d'un groupe, intégré par les autres, à l'image de l'univers dans lequel il évolue. Un bien-être lénifiant s'empare de lui. «En fin de compte, aller toujours à contre-courant, n'est-ce pas se créer des soucis?» s'interroge alors l'écrivain. Le prix Nobel de littérature qui lui échoit enfin, le jour où il est entré dans le moule, est sans doute la meilleure réponse à sa question!

Alexie Lorca, LIRE, Paris

 

Pàgina següent / Página siguiente / Next page >>